1000 años

 

 

 

Alguien me habló de Salustio a las pocas horas que entré a El País. 

No me acuerdo quién, ni por qué. Estoy seguro que fue uno de los veteranos, uno de los “pelucones” pensaba yo en mi inocencia, cuando ni se me pasaba por la cabeza envejecer

Supuse que mi pinta -un poco al margen del estándar-  fue lo que atrajo la conversación hacia Salustio.

Podía tolerar que me consideraran raro: había tomado clases de latín y de lógica, estaba impactado con Foucault y sus saltos epistemológicos. La falta de comida me daba un aire espiritual.

Con Pluto y Cacho de la Cruz en el “Circo de Montevideo” (1991)

Salustio era un hombre de humor ríspido que trabajó en la sección Espectáculos y le gustaba tocar el clarinete parado sobre aquellos escritorios rojos de lata.

Eran una leyenda sus jam sessions matinales cuando la redacción estaba despoblada y solo había oídos cómplices.

Con el paso del tiempo entendí por qué el tema Salustio fue algo más que una conversación casual y pertenecía a aquel limbo de nostalgia compartida, incluso para los que pensaban en él como un loco.

Las redacciones de los diarios siempre fueron una calesita de almas en pena.

Uno encontraba entre aquellas paredes un centro de rehabilitación, un teatro, una iglesia, un lente, un carné, un infierno, un ring, una pasarela, una casa de empeños, un happy hour, lo que necesitara.

En el bar Mincho creyéndome Zitarrosa. Agosto de 1992. (Foto: Mario Marotta

 

El huso horario era irrelevante. Siempre era un lugar para volver cuando se había llegado demasiado lejos.

Entre las 4 y la 7 de la mañana llegaba el hombre del archivo y era la medianoche verdadera del diario, el momento en que todo volvía a empezar.

Centenares de fotos volvían a la necrópolis de lata que ocupaba toda una inmensa pared.

El diario también sabia ser un shopping cuando lo precisabas, y un hospital cuando sentías que tus expectativas y tu ego estaban a años luz de distancia.

Si necesitabas felicidad  podías pedir consulta con el Dr Kauffman. 

Con el pretexto de escribir columnas, repartía recetas verdes con antidepresivos, hipnóticos, bueno, falopa a la carta -y legal- para corazones atribulados.

Un librero gallego a quien conocíamos como “Chucho” te traía el libro que nunca le habías pedido y podías pagárselo a 60 días.

Todos los días pasaba alguien a vender discos, corbatas, seguros de vida.

Así me compré mi primer laptop en 1993. Pesaba más que la culpa de haberme gastado 1,500 dólares en un aparato que me robaron dos meses después.

 “El Cotoca” cerraba aquel círculo virtuoso de consumo, salud  y cultura, Era nuestro proveedor de refuerzos de fiambre que llegaba a las 18 cuando la redacción empezaba a calentar motores.

“Cotoca”  se paseaba de mesa en mesa con una sudorosa peluca. Nadie ponía peros bromatológicos. El fiado resolvía cualquier temor.

El apodo se lo habían propinado los periodistas, como era lógico. Era la onomatopeya de “¿Qué toca?”, la forma en que el hombre intentaba ahuyentar a los apresurados y manolargas.

Cotoca” vengaba aquellas burlas anotando en su libreta.

Como no sabía mi nombre estaba en la lista como “Eliott Ness” porque llevaba puestos unos tiradores comprados en la feria de Tristán Narvaja con los que solía sentirme más elegante.

Algunos de esos delitos ya prescribieron. 

Me quedé en El País 17 años, muchos más de los que imaginaba.

Vestido de “periodista” 1994 (Foto: José Luis Bello)

Cuando me fui, ya no estaba “El Cotoca”, el doctor Kauffman se había ido a visitar a su admirado Maimónides y el archivo de fotos se había digitalizado. 

El hombre de los sobres murió antes de que la globalización barriera con las cajitas de metal.

Cada uno de ellos fue un poco el diario El País, aunque no hicieran la nota de tapa, nunca fueran enviados especiales a ninguna parte, y sus obituarios sigan siendo páginas en blanco.

Obviamente hoy lo que más destaca es la intensa agenda desplegada por El País en estos 100 años, la trágica muerte de su fundador, el pionerismo que llevó a sus dueños a ser la primera empresa periodística en imprimir en color dentro de la región. 

Reluce el friso genial de “El grito del canilla”, la excelencia de Arotxa y de Abbondanza, el talento narrativo de Mérica y de Carlos María Gutiérrez, el rigor prusiano de HAT, el periodismo pionero de Davy y Marcelino Pérez. Hoy El País publica un suplemento que los recuerda de forma muy merecida.

De todos modos la historiografía del diario no sería completa sin la peluca bacilodependiente de Cotoca, o la lapicera fácil y piadosa del Dr. Kauffman

Y sí: un diario se mueve al ritmo de salustios que habitan en el canto de la hoja. Desde el clarinete escupen aquella partitura que va pasando de mano en mano, de generación en generación.

Algún día, un periodista le contará a otro sobre un salustio, y a otro y a otro, y a otro, y así sucesivamente, solo para romper el hielo.

 

(*) Después de todo con Arnaldo Salustio (1932-1992) se ha hecho un poco de justicia y ahora cuenta con su página de Wikipedia en la que se destaca su gran contribución a la cultura y su don de gentes. Al respecto, allí se reproduce un perfil escrito por Jorge Abbondanza que da cuenta de su status de crack con pocas pulgas.